“Aquí a uno vivo lo agarran a patadas, pero después de muerto le levantan una estatua”.

Alfonso Chase.

El deseo de conocer a los autores de sus libros favoritos es un rasgo común entre los lectores. Existen muchas razones para anhelar un encuentro de ese tipo, desde preguntas por hacer hasta el simple deseo de reconocer en persona la calidad de un trabajo. Para acercarse a estos autores, a lo que queda de su existencia material, no resta más que llevarles flores, o algún otro tributo, a sus lugares de descanso definitivo.

Hace mucho me propuse recorrer el mundo en busca de las tumbas de los grandes escritores. Una empresa absurda para algunas opiniones, que podrían ver un romanticismo infundado en visitar lo menos vivo de alguien que dejó pedazos de su alma gritando en sus textos, pero en fin, es uno de mis anhelos y hace poco me propuse empezar a cumplirlo con lo que tengo más a mano, tanto cultural como geográficamente: los escritores nacionales. Aunque sabía que muchas de sus sepulturas se encuentran en el Cementerio General, una suerte de afán exotista, como para que el recorrido tuviera un inicio significativo, me llevó a buscar a Jorge Debravo hasta Turrialba. Fue interesante realizar el viaje y dividirnos en el cementerio para buscar la tumba hasta que uno de mis amigos gritó que ya la había encontrado.

Luego de esa experiencia iniciática, visité el Cementerio General con varios objetivos primordiales, aunque el más importante sin lugar a dudas era la tumba de Yolanda Oreamuno. Al rato de recorrer en vano el lugar, acudí a la oficina a ver si me podían brindar información. Di el nombre de la escritora y al momento me imprimieron los datos que necesitaba, a lo que el encargado añadió la indicación de que le entregara el papel a algún empleado de los que trabajaban en el cementerio, pues ellos me podrían dirigir. Así lo hice y en efecto conseguí llegar a la fosa, pero sólo para llevarme una fuerte decepción: nada indicaba que ahí descansaban los restos de Yolanda Oreamuno. De hecho nada indicaba que ahí descansara nadie, a pesar de que tratándose de una fosa, era probable que hubiera más de una persona enterrada ahí. Sólo el número de propiedad confirmaba quién estaba ahí. Tras sacar algunas fotos me fui del cementerio con mucho en la cabeza.

A los días se me ocurrió una idea: escribiría una entrada en mi blog respecto al abandono de la tumba y la difundiría todo lo posible para buscar un cambio en la situación. Mi idea era despertar interés de modo que fuera posible obtener la suma para mandar a hacer una placa. Gracias a personas como Warren Ulloa y Evelyn Ugalde la propuesta consiguió alguna difusión. Escritores como Alexánder Obando, Juan Murillo, Guillermo Barquero, Gustavo Solórzano, así como otras voluntariosas personas (Dora Araya, Natasha Herrera, por mencionar dos) estuvieron dispuestos a ayudar. Sin embargo, algunos me hicieron observaciones importantes. Era necesario indagar respecto a la fosa. ¿De quién era? ¿Era posible colocar sin más en ella una placa? Acudí una vez más a la oficina del cementerio, donde pude conversar con el director. Lo que logré fue salir confundido. El señor se limitó a decirme que la tumba estaba a nombre de Bernard Wolf, pero que si quería poner una placa, simplemente la pusiera. No podía ser tan simple. ¿Qué tal si luego de colocar la placa, aparecían los propietarios y la retiraban por tratarse de una invasión de su propiedad?

Ante mis llamados de auxilio, Evelyn me puso en contacto con Alfredo González, quien había indagado en el tema de la tumba de Yolanda años atrás. Él había seguido la pista de la familia Wolf, y de hecho se había enterado de la muerte del señor Bernard hacía unos años. La única manera de contactarlos que nos quedaba eran unos números de teléfono que Alfredo había conseguido, supuestamente de los descendientes de Wolf. Llamamos pero no hubo suerte. Quienes contestaron afirmaron alquilar la propiedad en que vivían, pero no tener idea de una familia Wolf.

A falta de opciones, la marcha entró en un receso. El panorama se complicaba al no haber manera de contactar a algún responsable de la propiedad, y el riesgo de colocar una placa sin permiso se sentía excesivo. Ya era suficientemente decepcionante que una escritora nacional, considerada por muchos la mejor narradora nacida aquí, yaciera en una tumba anónima, como para hacer algo con el riesgo latente de que se pudiera deshacer en cualquier momento.

A eso de agosto me contactó la señora Mónica List con una propuesta útil: era capaz de conseguir una cita con el ministro de cultura, Manuel Obregón, y pedir su apoyo. Concretamos el encuentro y hablamos con el señor Obregón, quien se mostró interesado y nos asignó a una funcionaria para que le diera seguimiento al asunto. La alianza prometía mucho y los ánimos volvieron a crecer. Yo mantuve el contacto con el Ministerio, hasta que una vez más el desinterés y las complicaciones hicieron su aparición: La idea era que yo redactaría una carta, que firmaría el ministro Obregón y se enviaría al cementerio. Redacté la carta, la mandé al Ministerio y la respuesta que obtuve de la funcionaria fue que me encargara yo de enviarla. Como dejé claro antes, yo ya había hablado con la administración del camposanto y había recibido una autorización informal e irresponsable, lo cual pretendíamos corregir solicitando la información con el aval del Ministerio. Sin ese apoyo, lo más que podía ocurrir era que me dijeran lo mismo: si quiere poner una placa, póngala. La alianza con el Ministerio de Cultura, por increíble que parezca, no fue fructífera.

Hacía un tiempo yo había recibido un correo de Ana Barahona, nieta de Yolanda. Se había enterado del proyecto de la placa y se ponía a mí disposición. Una serie inconvenientes impidieron que nos reuniéramos, pero este año por fin lo conseguimos. Gracias a ella y a su padre, Sergio Barahona, hijo único de Yolanda, finalmente se logró contactar a la familia Wolf y conseguir los medios para colocar la placa, la cual esperamos poder develar el próximo ocho de julio, día en que se cumplen 50 años del fallecimiento de la autora.

Para nadie es un secreto que Yolanda Oreamuno murió lejos de su país natal tanto geográfica como espiritualmente. Es conocida su sentencia en una carta a Joaquín García Monge: “Deseo que nunca se me incluya en nada que tenga que ver con Costa Rica y que mi nombre no figure en ninguna lista de escritores ticos, porque mi trabajo y yo pertenecemos a Guatemala[1]. Repatriar sus restos mortales de México a Costa Rica parece una traición a esa voluntad suya, pero es un hecho que la intención de quienes la trajeron allá en 1961 fue la mejor. No obstante, es un tanto irónico que se haya pretendido sacarla de una tumba en México, sólo marcada con un número, para depositarla precisamente en otra con las mismas características en Costa Rica. Mi empeño y el de todos los que me han ayudado es corregir esa situación tan embarazosa.  Sirva esta pequeña crónica para describir a grandes rasgos un proceso que tomó más de año y medio en concretarse, con todo tipo de impedimentos, hasta de quien uno menos lo esperaba, pero por suerte con el apoyo de los que más importan: los que luchamos por mantener vivo el legado de una escritora fundamental en las letras nacionales.

-Juan Pablo Morales Trigueros-


[1] Oreamuno, Yolanda. Relatos escogidos. San José: ECR, 1977.

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