R.I.P. Retratos Inconclusos Policiales. La primera vez que oí el título de la exposición, sin haber visto ni leído nada al respecto, me hice de inmediato una imagen mental de lo que sería: aburridas fotografías frontales de delincuentes con alguna hablada conceptual en la cédula explicativa de la entrada. Me imaginé una serie de fotografías que dependían de la cédula para ser entendidas, para ser aprehendidas o interiorizadas.

Si lo analizo, creo que ese prejuicio me viene de la costumbre que me ha creado el Museo o la Galería costarricense –sin señalar a ninguna en específico- en lo que se ha expuesto como arte contemporáneo en los últimos meses, y me atrevo a decir que en los últimos años. Si les soy sincera, hace tiempo que me tiene hasta la coronilla la concepción que transmiten los medios oficiales del arte costarricense de que el arte contemporáneo está en dos extremos opuestos: o es arte conceptual puro y duro –es decir, agua sin piscina-, o es pintura vacua, sin discurso ni punctum[1]  -piscina sin agua-.

Fue refrescante llegar a la inauguración y dejarse sorprender por imágenes desconocidas, que sí hablan por sí mismas y son independientes de un discurso artificial y sobre-producido proveniente ya sea de un curador que necesita ponerle un parche a los huecos de la obra, o de un artista que necesita justificar una obra muda.

El espectador entra a la sala y se encuentra de inmediato con el texto de María José Chavarría, curadora del MADC, que intenta guiar y de alguna forma ambientar al público. En este caso no porque la obra sea muda, sino porque después de allí, es todo imagen. Es como entrar a un laberinto. Las reglas están en la puerta de entrada, pero una vez allí: todo depende de uno mismo. Por primera vez en mucho tiempo en una exposición, estuve verdaderamente agradecida de sentirme sola con la obra, a pesar de que no era la única en la sala.

El tamaño de las fotos – ¡al fin imágenes que merecen estar impresas en 100 x 150 cm!-, la disposición de las mismas en la sala, el gran espacio entre una y otra, y el minimalismo en el montaje se agradece durante el recorrido. El espectador no se siente sobrecargado de imágenes, y tampoco pasa con desinterés de una a otra como si fueran las páginas de una revista llena de anuncios. Cada foto sugiere, y más allá de proponer un discurso acerca de la naturaleza del retrato, deja que quién quiera ver cada imagen como una piscina llena de agua centelleante en un día caluroso, se pueda sumergir.


Si están indignados por la brevedad del texto y la falta de profundidad temática, no se preocupen, esto son sólo los hors-d’oeuvre, un pequeño aperitivo. Pronto subiremos una entrevista con el artista y un comentario acerca de la obra en sí misma. ¡Estén pendientes!

-Fiamma Aleotti-


[1] Un concepto de Roland Barthes que se puede traducir como “lo que me punza”. Barthes, Roland. La cámara lúcida: Nota sobre la fotografía. Barcelona: Paidós, 2009. p. 60.

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